Cuento del ácaro
Se le atravesó un ácaro y lo llevó en la garganta durante días. La vida llevada con normalidad: compras de última hora, siestas, conversaciones, bebidas frías y baños. Pero incluso bajo el agua, un medio distinto al aire, conservaba ese picor en la faringe. Tardó muchos días en disolverlo. No se atrevió a contar a nadie en qué momento y circunstancias había llegado a parar aquello al interior de su cuerpo para hacerla recordar de forma insistente lo que había hecho. Qué vergüenza pasaba. Por qué había montado esa escena en un cementerio.
Llora, llora muchísimo sobre superficies lisas y duras. La cara aplastada contra un espejo, una pantalla, la tapa de un libro o un trozo de mármol. Una vez ya se le quedó atravesada una brizna de grafito entre la uña y el dedo. En aquella época no es que llorase, pero se enfadaba mucho. A escondidas se pillaba grandes cabreos que terminaban con algo o ella maltrecha. Después tenía que pagar alguna reparación, buscar excusas para ocultar las marcas de tal o cual mueble. E insistentemente la puntita negra de grafito bajo la uña le avisaba: te excediste.
Me excedo, sobrepaso lo que se considera razonable o proporcionado.
Presenció una pelea entre dos mujeres de su familia. La situación se puso violenta en el trayecto en coche en el que ella no venía. No se enteraba bien del asunto. Empujón de una, llanto de la otra. En medio de la calle perdieron las formas, ambas vestidas de rosa y blanco, antes de entrar a ver la película de la muñeca (que finalmente no la verían estando como estaban). Hiriéndose con lo más grave que se puede entre las mujeres, apelar a la no cordura, al exceso: “perdóname que te diga pero estás loca”. Eso también era un exceso que le recriminaba la otra: “tu lengua, te pasas de lengua”.
No pasarse, no llegar a perder los papeles. Era la única cosa que mantener y en aquellos días costaba porque una gran pérdida estaba por todas partes. Para ella en todas las superficies de las cosas duras, para otras en el aire dentro del coche con las ventanillas subidas. El aire acondicionado también transporta ácaros, ¿podría ella contarles lo que le pasó en el cementerio? ¿Quizá podrían reírse todas y abrazarse? Para ella, reírse del ridículo es tomarse verdaderamente en serio los propios excesos. Aceptarlos como picos del progreso inevitable de cierto malestar.
Como no puedo, no quiero mostrarme avergonzada y que vean la importancia que le doy a aquello del ácaro, lo voy a contar aquí. Era la cuarta vez en dos meses que acudía a un entierro. La cabeza me daba vueltas y pensaba que me podía caer al suelo. Morirme yo también en cualquier momento. Echaba muchísimo de menos a mi madre. Había llorado besando su foto enmarcada al despedirme de su casa, llorado con la boca aplastada contra la pantalla de su móvil (apagado ahora y metido en un cajón). También lloré imaginariamente sobre sus uñas grandes y alargadas. Pensaba en aquello de que las uñas y el pelo todavía crecen tras la muerte. Pero a ella la habían incinerado y la guardábamos en una urna de madera lacada, sobre la que también apreté la cara y las lágrimas. Así que en el cementerio me fui a llorar aparte y encontré la lápida de otra persona a la que quise y besé fuerte las letras de su nombre. Al sorber algo de moco y babas de mi nariz, algo microscópico atravesó mi garganta. ¿A que es ridículo lo que hice? Besé algo sucio cubierto de polvo con muchísimo afán. Como si quisiera tragarme algo y al final lo tragué.
Hasta aquí nos puede llevar el amor y la tristeza. No debería darte vergüenza. ¡A mí no me ha pasado nunca! Pero lo entiendo y siento que por cómo lo cuentas, asumes las consecuencias de lo que hiciste. Te jodes, que no es más que venir a vivir en tu cuerpo.
Lo intento.
Esta noche las mujeres que discutieron pasan un rato mirando el móvil antes de dormir. Cada una en su cama, deslizan con el dedo índice hacia arriba el chorro inagotable de sonidos, luces y movimiento. Ahora no se exceden, están tranquilas. Puede que otro día sí vuelvan a pasarse un poco.

